¡Qué bueno encontrarnos de nuevo por aquí, hermano! Qué alegría me da ver tu constancia en este taller de fe.
Llegamos a la cumbre y al motor de todo nuestro caminar: La fe rezada (La Oración). Si las columnas anteriores eran el mapa, el motor y la señalización, la oración es el combustible y el oxígeno. Sin oración, la vida cristiana se convierte en una simple filosofía o en un club de beneficencia; con ella, se transforma en una relación viva con un Dios vivo (CIC n. 2558).
El Secreto del Corazón a Corazón
A veces pensamos que rezar es solo repetir palabras de memoria cuando estamos aburridos o desesperados. Pero el Catecismo nos regala una definición hermosa: "La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes" (CIC n. 2559). San Juan Damasceno decía que es el diálogo de un hijo con su Padre. Jesús mismo nos enseñó cómo hacerlo al regalarnos el Padrenuestro, la oración perfecta que resume todo lo que un corazón joven necesita pedir y agradecer (Biblia: Mt 6, 9-13).
La Iglesia nos enseña que el Espíritu Santo es nuestro maestro de oración (CIC n. 2672) y nos propone diversas formas de comunicarnos con Dios para que nuestro diálogo nunca se vuelva monótono:
La Bendición y Adoración: Reconocer que somos criaturas frente a nuestro Creador y maravillarnos de su grandeza (CIC n. 2628).
La Petición: Presentar nuestras necesidades materiales y espirituales. Dios no es un genio de la lámpara, sino un Padre que sabe lo que nos conviene (CIC n. 2629).
La Intercesión: Rezar por los demás, incluso por aquellos que nos han lastimado. Esto ensancha el corazón al estilo de Jesús (Biblia: Lc 23, 34 / CIC n. 2635).
La Acción de Gracias: Centrar la mirada en lo bueno. Un joven agradecido es un joven profundamente feliz (CIC n. 2638).
La Alabanza: Cantar y reconocer a Dios simplemente porque Él es Dios, más allá de lo que nos da o nos quita (CIC n. 2639).
Rezar no cambia los planes de Dios, sino que cambia nuestro corazón para aprender a ver el mundo con los ojos de la fe y descubrir Su voluntad en cada detalle del día.
Para pensar a solas
Dedica unos minutos de silencio absoluto en tu habitación para responderte con total honestidad ante el Señor:
¿Cómo es mi diálogo actual con Dios? ¿Es un monólogo donde solo pido cosas en momentos de examen o crisis, o es una relación de amistad diaria?
¿Qué es lo que más me cuesta al momento de ponerme a rezar (el celular, el ruido mental, la flojera, el no saber qué decir)?
Si Jesús estuviera sentado al lado mío en este instante, ¿qué es lo primero que me nacería contarle de mi vida?
Reto de hoy
¡Haz la prueba de los 5 minutos! Hoy vas a romper el hielo con la oración personal de una manera muy sencilla.
Vas a buscar un lugar tranquilo, vas a apagar o alejar tu celular, y vas a cronometrar exactamente 5 minutos. Elige una de las formas de oración que aprendimos hoy: la Acción de Gracias. Durante esos 5 minutos, sin pedir absolutamente nada, vas a decirle a Dios todas las cosas por las que estás agradecido hoy (tu vida, tu familia, tus amigos, los estudios, la comida). Termina rezando un Padrenuestro despacio, saboreando cada palabra.
¡Ya verás cómo cambia la perspectiva de tu jornada después de respirar el oxígeno de la oración!
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